Un lugar donde entrelazar generaciones y conectar

Soy Leyre Gómez

¿Qué tienen que ver el cuidado, unos piñones y el Parkinson conmigo?

 

 

Pues todo.

Pero si me das unos minutos, te lo cuento como se merece.

Aquí es donde nació La Colmena, aunque aún yo no lo sabía.

Todo ahora para mi tiene sentido, uní todos los puntos.

Pero durante mucho tiempo no lo encontraba

El sentido digo.

No, no lo encontraba.

Ahora sí.

Yo tendría siete años.

Un día cualquiera de verano, en mi pueblo, Pedrajas de San Esteban. Por si no lo sabes de donde salen los mejores piñones de España. Bueno los mejores y más caros. Y la gente los compra igualmente, no les importa el precio. Todo el mundo sabe que si algo es caro es porque merece la pena.

Pero desde luego son los más ricos. En serio, no exagero. Son adictivos, oleosos, intensos…mmmmm

Bueno, que me lío, a lo que iba.

Salí de paseo por el pinar con mi hermana y mis abuelos, a media tarde. Como decía mi abuelo,  cuando baja el sol.

Nuestra misión: recolectar piñas abiertas.
Su tesoro escondido: los piñones.

Eso sí, de una misión así una no sale intacta.
Mis manos, negrísimas. Las de mi hermana, igual.

Pegajosas, por la resina. Por si no lo sabes sueltan una resina que se te queda pegada como se te pega el hit del verano en tu cabeza. Luego te cuesta varios lavados con aceite para quitártela de encima. Con jabón no. Con aceite.

Sigo.

Mi sonrisa ya asomaba por la comisura. Ya sabía qué premio me esperaba.

Ya en el patio de casa, nos sentábamos mi hermana y yo en el bordillo con un adoquín de los que le sobraban a mi abuelo a modo de tocón.

Sacaba los piñones de cada uno de los huecos de la piña.

Los recopilaba todos.

Llegaba el momento más esperado.

Ponía cada piñón en el adoquín.

Uno a uno…

¡crack!

Otro

¡crack!

Otro

¡crack!

Si, con paciencia. Mucha.
Se ve que ya tenía esta habilidad sin yo saberlo.

Los cascaba todos. Los dejaba ya pelados en un platito.

No me comía ni uno.

No, mi objetivo era tener cantidad.

¿Para qué?, te preguntarás.

Para disfrutar después del esfuerzo. A puñados.

Ese era mi festín. Mi recompensa.

Entonces no sabía que estaba entrenando algo mucho más valioso que la paciencia: estaba aprendiendo a esperar sin desesperar.

A continuar sin prisa pero sin pausa.
A valorar los pequeños avances.
Y a entender que todo proceso bonito necesita amor, constancia y tiempo.

Eso me lo enseñó mi abuela Rosa –paciencia Leyre, paciencia-.
Eso es lo que siempre me decía.  Desde entonces, le hice caso.

Ella fue mi referente.
Mi faro.
La mujer que me transmitió,

sin manuales

sin difíciles instrucciones

sin postgrado ni doctorado

que el ritmo lento, la parsimonia, también tienen sentido.

Desde luego su ejemplo es lo que prevalecía.

Y que lo más importante de esta vida no es correr, es sostener.

Sostener la emoción.

Sostener el proceso.

Sostener los cambios.

Sostener.

Muchos años después, la vida —que tiene esa forma rara de unir los puntos— me puso delante otro reto, también lento, pero esta vez no con un premio detrás.

Esta vez uno muy confuso.

Aterrador.

El Parkinson.

Y no en cualquiera: en ella.
En Rosa.
Mi abuela Rosa.

Ahí me tocó cambiar el adoquín por herramientas para sostener (me) (la).
La paciencia de cascar los piñones por la de acompañarla hasta la mesa.
Y entender, de verdad, lo que significa estar.

Lo que significa cuidar.

Acompañarla fue como volver a ese patio.
Solo que ahora la recompensa no era comer piñones.
Eran momentos en su compañía con dificultades.
Ir a su ritmo. Caminar a su paso.
Escuchar sin corregir. Aguardar mis ganas de hacer yo, para dejarle hacer a ella.
Respetar su silencio cuando no tenía fuerzas para hablar.

Y sí, dolía.

Dolía ver cómo perdía facultades día a día.

Dolía saber que ya no podría hacerme mi plato favorito.

Que no volvería a probar sus croquetas.

Porque ya no podía hacerlas.

Pero también aliviaba.

Me aliviaba saber que siempre estaría cuidada y acompañada.

Me aliviaba saber que aunque mi abuela estuviese enferma, yo podía sostenerla. Ahora era mi turno.
Porque cuando una persona ha sembrado tanto amor dentro de ti, acompañarle es un acto de entrega.

Me di cuenta:
Que todo lo que yo aprendí en el proceso tenía que compartirlo.
Que hay muchos cuidadores como tú.

Sin adoquín, sin plato, sin paciencia, sin herramientas.
Y que yo podía ayudarte.

A abrir sus propios piñones.
A cuidar en esa etapa tan desconocida que es el envejecimiento.
A sostener con sentido y sensatez.

De ahí, de todo esto que te he contado, nació La Colmena.

Un espacio para aprender a cuidar como mi abuela me enseñó.
Donde cada dificultad que encuentres en el cuidado es como abrir un piñón: Hay que entender cómo hacerlo, contar con herramientas adecuadas y tener paciencia.

Y donde la recompensa, créeme, vale la pena.

Porque cuidar no es solo atender.

No es solo solucionar comidas, pedirle cita al médico, acompañarle al banco, lavarle el pelo o comprarle el pan.

Es comprender qué le pasa.

Es comprender por qué hace cosas incoherentes.

Es comprender que ya nada será lo mismo.

Y si tú estás en ese momento de tu vida, con un padre, una madre, un abuelo o una abuela en tus manos, quizá también necesites un bordillo donde sentarte, unas herramientas, y alguien que te diga:
Tranquilo. Hay otra forma de hacerlo, más liviana, más llevadera

Yo soy Leyre.

Y estoy aquí para eso.

Para acompañarte.
Para que no te olvides que detrás de cada proceso hay un aprendizaje.
Y que si te guío en esta transición,
hay una recompensa esperándote.

Tu equilibrio emocional.

¿Qué tienen que ver el cuidado, unos piñones y el Parkinson conmigo?

Pues todo.

Pero si me das unos minutos, te lo cuento como se merece.

Aquí es donde nació La Colmena, aunque aún yo no lo sabía.

Todo ahora para mi tiene sentido, uní todos los puntos.

Pero durante mucho tiempo no lo encontraba

El sentido digo.

No, no lo encontraba.

Ahora sí.

Yo tendría siete años.

Un día cualquiera de verano, en mi pueblo, Pedrajas de San Esteban. Por si no lo sabes de donde salen los mejores piñones de España. Bueno los mejores y más caros. Y la gente los compra igualmente, no les importa el precio. Todo el mundo sabe que si algo es caro es porque merece la pena.

Pero desde luego son los más ricos. En serio, no exagero. Son adictivos, oleosos, intensos…mmmmm

Bueno, que me lío, a lo que iba.

Salí de paseo por el pinar con mi hermana y mis abuelos, a media tarde. Como decía mi abuelo,  cuando baja el sol.

Nuestra misión: recolectar piñas abiertas.
Su tesoro escondido: los piñones.

Eso sí, de una misión así una no sale intacta.
Mis manos, negrísimas. Las de mi hermana, igual.

Pegajosas, por la resina. Por si no lo sabes sueltan una resina que se te queda pegada como se te pega el hit del verano en tu cabeza. Luego te cuesta varios lavados con aceite para quitártela de encima. Con jabón no. Con aceite.

Sigo.

Mi sonrisa ya asomaba por la comisura. Ya sabía qué premio me esperaba.

Ya en el patio de casa, nos sentábamos mi hermana y yo en el bordillo con un adoquín de los que le sobraban a mi abuelo a modo de tocón.

Sacaba los piñones de cada uno de los huecos de la piña.

Los recopilaba todos.

Llegaba el momento más esperado.

Ponía cada piñón en el adoquín.

Uno a uno…

¡crack!

Otro

¡crack!

Otro

¡crack!

Si, con paciencia. Mucha.
Se ve que ya tenía esta habilidad sin yo saberlo.

Los cascaba todos. Los dejaba ya pelados en un platito.

No me comía ni uno.

No, mi objetivo era tener cantidad.

¿Para qué?, te preguntarás.

Para disfrutar después del esfuerzo. A puñados.

Ese era mi festín. Mi recompensa.

Entonces no sabía que estaba entrenando algo mucho más valioso que la paciencia: estaba aprendiendo a esperar sin desesperar.

A continuar sin prisa pero sin pausa.
A valorar los pequeños avances.
Y a entender que todo proceso bonito necesita amor, constancia y tiempo.

Eso me lo enseñó mi abuela Rosa –paciencia Leyre, paciencia-.
Eso es lo que siempre me decía.  Desde entonces, le hice caso.

Ella fue mi referente.
Mi faro.
La mujer que me transmitió,

sin manuales

sin difíciles instrucciones

sin postgrado ni doctorado

que el ritmo lento, la parsimonia, también tienen sentido.

Desde luego su ejemplo es lo que prevalecía.

Y que lo más importante de esta vida no es correr, es sostener.

Sostener la emoción.

Sostener el proceso.

Sostener los cambios.

Sostener.

Muchos años después, la vida —que tiene esa forma rara de unir los puntos— me puso delante otro reto, también lento, pero esta vez no con un premio detrás.

Esta vez uno muy confuso.

Aterrador.

El Parkinson.

Y no en cualquiera: en ella.
En Rosa.
Mi abuela Rosa.

Ahí me tocó cambiar el adoquín por herramientas para sostener (me) (la).
La paciencia de cascar los piñones por la de acompañarla hasta la mesa.
Y entender, de verdad, lo que significa estar.

Lo que significa cuidar.

Acompañarla fue como volver a ese patio.
Solo que ahora la recompensa no era comer piñones.
Eran momentos en su compañía con dificultades.
Ir a su ritmo. Caminar a su paso.
Escuchar sin corregir. Aguardar mis ganas de hacer yo, para dejarle hacer a ella.
Respetar su silencio cuando no tenía fuerzas para hablar.

Y sí, dolía.

Dolía ver cómo perdía facultades día a día.

Dolía saber que ya no podría hacerme mi plato favorito.

Que no volvería a probar sus croquetas.

Porque ya no podía hacerlas.

Pero también aliviaba.

Me aliviaba saber que siempre estaría cuidada y acompañada.

Me aliviaba saber que aunque mi abuela estuviese enferma, yo podía sostenerla. Ahora era mi turno.
Porque cuando una persona ha sembrado tanto amor dentro de ti, acompañarle es un acto de entrega.

Me di cuenta:
Que todo lo que yo aprendí en el proceso tenía que compartirlo.
Que hay muchos cuidadores como tú.

Sin adoquín, sin plato, sin paciencia, sin herramientas.
Y que yo podía ayudarte.

A abrir sus propios piñones.
A cuidar en esa etapa tan desconocida que es el envejecimiento.
A sostener con sentido y sensatez.

De ahí, de todo esto que te he contado, nació La Colmena.

Un espacio para aprender a cuidar como mi abuela me enseñó.
Donde cada dificultad que encuentres en el cuidado es como abrir un piñón: Hay que entender cómo hacerlo, contar con herramientas adecuadas y tener paciencia.

Y donde la recompensa, créeme, vale la pena.

Porque cuidar no es solo atender.

No es solo solucionar comidas, pedirle cita al médico, acompañarle al banco, lavarle el pelo o comprarle el pan.

Es comprender qué le pasa.

Es comprender por qué hace cosas incoherentes.

Es comprender que ya nada será lo mismo.

Y si tú estás en ese momento de tu vida, con un padre, una madre, un abuelo o una abuela en tus manos, quizá también necesites un bordillo donde sentarte, unas herramientas, y alguien que te diga:
Tranquilo. Hay otra forma de hacerlo, más liviana, más llevadera

Yo soy Leyre.

Y estoy aquí para eso.

Para acompañarte.
Para que no te olvides que detrás de cada proceso hay un aprendizaje.
Y que si te guío en esta transición,
hay una recompensa esperándote.

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